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PRESENTACIÓN

 

Desapruebo lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo (Stephen G. Tallentyre, en Los amigos de Voltaire)

 

 

Queremos ser aire. Queremos ser viento que penetre por las juntas del sistema y remueva el polvo que ha cubierto y ocultado lo que, en realidad, todavía somos.

 

Las Cortes Ciudadanas es una iniciativa destinada a explorar el concepto y la práctica de participación civil y política, ajena a la profesionalidad y al partidismo. No significa esto que los promotores y los socios participantes no tengan su ideología, ideario político o, directamente, vinculación partidista. No: significa que, cualesquiera que fueran, creemos en la higiene democrática, en la participación libre y en el derecho ciudadano a corresponsabilizarse —en la medida que cada uno desee y sólo en esa medida— de la dirección y del rumbo político y social que nos marcan nuestros representantes; significa que no somos de nadie, pero que en nosotros pueden estar todos. Creemos que nuestros representantes están olvidando que sus facultades vienen de nuestra delegación y que se equivocan si piensan que solamente tienen que dar cuentas ante la Historia y ante las urnas: no hay patente de corso en las actas de diputados y senadores, y los exámenes no son cada cuatro años, sino día a día.

 

La democracia liberal (la Democracia; no la democracia orgánica de los estados fascistas, ni la democracia popular del socialismo real), como sistema de gobierno en el que los gobernantes son elegidos por los ciudadanos mediante votación, en la que cada ciudadano individual vale una opinión y un voto, y todos de la misma calidad y peso, es el único que permite compatibilizar el respeto de los derechos y libertades individuales de los ciudadanos con el ejercicio del poder público, a través de un preciso e ingenioso sistema de división de poderes y de controles mutuos. La Democracia, desde la idea nativa de la Grecia Clásica, hasta nuestra fórmula de democracia representativa, ha sido el más importante intento del hombre de encontrar un equilibrio justo entre derechos y deberes; y ha conseguido, por fin, que las relaciones entre gobiernos y ciudadanos no se manejen con fórmulas y reglas de dominio de aquéllos a éstos, sino de delegación de éstos a aquéllos. Pero hoy no basta con ser ciudadanos una vez cada cuatro años y, luego, formar parte de una masa muda e impotente. Hoy no basta con regalar nuestra representación a unos políticos profesionales que pueden secuestrar nuestra voluntad y pervertir nuestro mandato representativo.

 

Hoy, una especie de Partitocracia ha adormecido ladinamente al espíritu de la Democracia, respetando sus formas, pero vaciándolas de contenido. Hoy no son los ciudadanos quienes vertebran el sistema de representación democrático, no son sus protagonistas, sino los partidos. Unos partidos que se han instaurado en la cima de la organización social y que han monopolizado el poder social, civil y político, y que se han simbiotizado con él y que han buscado sus fórmulas de perpetuación: financiación a través de los presupuestos generales del Estado, listas cerradas y bloqueadas, control de medios de comunicación afines, políticos profesionales, clientelismo sobre miles de cargos públicos, sobre obras faraónicas, sobre proyectos económicos, sobre subvenciones millonarias…

 

Hoy, el mandato representativo —suponiendo que fuera el mejor de las posibles fórmulas— ha sido regateado por el ansia de poder que han degustado los partidos, y sin el que no pueden ya vivir, como el tigre que ha probado la carne humana. El ciudadano no elige a sus representantes: elige a un partido que, a su vez, elige endogámicamente a quienes van a presentar en las listas electorales, para que el ciudadano les vote, como si fueran lentejas. Sus listas son cerradas y bloqueadas, para que el ciudadano no pueda interferir en sus decisiones sobre quién debe ejercer el poder, una vez obtenido. El Gobierno es elegido por unos Diputados que, previamente, han colocado ellos mismos en sus listas para que, luego, les elijan a quienes les han colocado allí. ¿Para qué necesitamos cientos de representantes si la disciplina de voto de los partidos les hace funcionar a todos como si fueran uno solo? ¿Por qué un escaño cuesta un puñado de votos en una provincia y una montaña en otra; por qué un voto pesa más o menos en función de dónde se viva?Mientras que un simple folleto de propaganda de un producto obliga a una empresa, como si de un contrato de obligado cumplimiento se tratase, los Programas Electorales de los partidos se incumplen, y no pasa nada, pese a que los ciudadanos les voten en función de lo que en ellos les prometen. Incumplen descarada e impunemente, pero, ¿de qué vale no votarles dentro de cuatro años, si el que venga PUEDE volver a hacer lo mismo? El político se ha convertido en profesional de la política: ¿cómo puede ser aceptable que dirijan nuestros designios personas que no han tenido otra actividad en su vida que la política, que no han tenido jamás un puesto de trabajo que les haya permitido, primero, gestionar su propia vida, para poder, luego, gestionar las ajenas? Hoy, la casta política defiende y promueve los asuntos que les interesan a los políticos, y no a los ciudadanos; hoy, los políticos piensan con la ideología, en vez de con la razón; nunca —salvo en los regímenes absolutistas y autoritarios— estuvieron tan alejados los intereses del poder público y de los ciudadanos.

 

Hay que buscar una voz. Una voz que diga hasta aquí hemos llegado. Una voz que diga que queremos más. Hay que demostrar que, por fin, hemos despertado, después de años de suave adormecimiento. Basta de quejarnos en silencio y en privado. Basta de encogernos de hombros. Basta de resignarnos. Hay que volver a poner en marcha el motor de la Humanidad: la independencia, el control de nuestros propios designios. Para empezar, nos tienen que escuchar. Y para ello es preciso —imprescindible— no estar vinculado a nadie, no depender de partido político, sindicato, asociación, etc. No queremos ser una ONG, que dependa para su supervivencia de los subvenciones del Estado, que, a su vez, está instrumentalizado por el Gobierno de turno. Queremos ser libres, absolutamente independientes, ser esclavos y clientes únicamente de nuestras propias ideas y de la Ley, y ser el único motor de nuestro brazo. Y, esto, solamente lo conseguiremos a través de ser autosuficientes, a través de autofinanciarnos.

 

La fuerza nos la dará ser cientos, miles, cientos de miles, quienes, a través de una mínima cuota de socio, a través de nuestro interés diario, de nuestras aportaciones intelectuales, del ejercicio de nuestra responsabilidad como ciudadanos, como partes alícuotas de una empresa común, y gracias a la fuerza de la comunicación sin fronteras, sin límites, sin dependencias de medios de comunicación o de gobiernos, desde la libérrima ventana al mundo que representa Internet. Conseguiremos no deber nada a ninguna institución pública o privada, y todo el que quiera podrá participar en una voz, para gritar como Voltaire —como nos enseñó Stephen G. Tallentyre, cuando resumía el pensamiento del genio francés— que no importa qué se sea, cúanto se tenga, de dónde se venga o qué se piense, porque siempre va a haber quien defenderá, hasta la muerte, el derecho de los demás a ser como son, a pensar como piensan y, sobre todo, a poder expresarlo.

 

Esta independencia nos dará una cuota de libertad que perdimos en el camino que ha venido desde la democracia hasta la partitocracia. Tendremos una voz QUE SE ESCUCHARÁ.

 

Nuestra nueva libertad nos permitirá estudiar, discutir y votar, oficiosamente, todas aquellas iniciativas —y otras— que nuestros políticos profesionales debaten en Las Cortes. Nuestra libertad y el libérrimo mundo del ciberespacio nos facultarán para plantar nuestra voz en el terreno de la participación ciudadana. Y, si tenemos suerte y no desfallecemos, un día nuestra voz será escuchada por aquéllos que se dicen nuestros representantes. Y, así, ellos también aprenderán algo.

 

Y, así, aunque sea por la puerta de atrás, habremos empujado un poco a la realidad, para devolver a la Democracia su verdadero espíritu, que no fue otro que el de que los ciudadanos tengan voz y alguien defienda hasta la muerte QUE SE ESCUCHE.

 

Hoy ya está en nuestra mano. ¿Quién no daría un paso adelante?

 

     
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